Levantarse en el último movimiento y rezar al lado del propio lecho con la oscuridad haciendo retroceder mi espíritu.
Haber mantenido cerrados los ojos durante una hora y media y haber reunido ambas manos a la manera de María Magdalena con el fervor de un mal creyente.
Encontrarse a la eternidad en lo Alto. La caída de los ángeles y las campanas sobre mí.
No haber considerado jamás la belleza sino haberse acoplado severamente a la muerte.
Haber escuchado con dureza, como si el alma necesitara ser forjada en el infierno para poder sostener al cielo. Ingresar con dolor nada más que a la soledad y a la fatalidad de las trompetas. El apocalipsis; grito divino jamás previsto, lo interno que sobrevuela con osadía al Maternáculo. Sentir descascararse el mundo, los dientes y las manos como lejanía absoluta de lo impersonal en mí.
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Pero he perdido desde que entendí esto: ninguna mujer pondría su interés en un hombre que haya escuchado sin reserva alguna la 2º Sinfonía de Mahler y haya estado a punto de sucumbir por ello.
1 comentarios:
Tengo el espíritu carcomido por el alcohol y el delirio. Las micros no chocan, el atisbo tiene jaqueca fotocromática, el lenguaje me supera, etc.
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