martes, 20 de octubre de 2009

Me quedé acá o el desuello de vivir.

A Lautaro Elías Quiroga Aguilar Perfecto

como si dejara de remanente un abrazo, la ventana abierta de puros pájaros,

sonoro esplendor de los huesos que cayeran sobre el despellejado, ah cielo,
tanta apertura, como una pizarra blanca sobre la cual las caricias
irían dejando pequeñas estrías agobiadas, acomodando triángulos en la unión de un punto con otro, las ecuaciones de Kirchhoff, un dibujo real, comisuras reales, un violeta lánguido o
mortecino
(Cf. Kant, Crítica de la Facultad de Juzgar)

o el síntoma más grave del abandono: lo radical invisible de varios ojos desconchando los preciados ángulos heliológicos,
certeza del después que llega batiendo su espuma
desde la remuneración infatigable de la pesadilla, caes sobre mí, Leviatán, rompiendo con el ejército amargo de la despedida
como una piedra bañada de leche y padres muertos, el irrepetible capitán que dijera sobre sus hijas: "¡he aquí la inclemencia de los años, el deslumbramiento de todas las puertas juntas en el atolladero divino de la castración! Conductos de muerte y regalo, celebración sobre la urgencia de las trombas marinas, agraciado despegar del sueño que ha quedado preso en la extinta soledad
del papiro; un solo recado, vuelco especias fracturando el olvido, los frascos rotos y lo imaginario que conserva su espacio, a pesar de todos estos peñascos, locura, porque
la primera mujer que concibió la resurrección no logró evitar lo que las cenizas llevaron al pecho
de los que mueren en su propia demasía;
así, vuelve por tercera vez el ojo partido por el insomnio, como la experiencia que se tiene de un grito al ingresar de golpe al agua, o como el auxilio de la hermana porque el ser querido
se restriega sobre la baba gonádica del eterno desbalance:
¡perdí tu miel, la perdí toda, querido tambor y alegría!, los bosques despapelados en el cuarto de las polillas, como si la representación de la felicidad fuera la imitación de una escena brutal; y la arquitectónica estupidez el estafador que pierde el control cuando los proyectos desbordan en lo inesperado,
¿por qué, entonces, permanezco todavía sin participación alguna?
Habitual giro de las escopetas kantianas, Kant como el cazador al que se le quiebra el arco
detrás de las estatuas de la insolencia, como avatares afligidos por el dogma y el terror
que avanza en el desplegar de las alas malditas, una luz que se cierne
reflexiva cabalgan los tejados y las torres vomitan espejos con ímpetu de elefantes,
el desgarro profundo halla su hogar en el destilado de los pensamientos, hijos del petróleo,
el escupo sencillo de los primeros azotes,
pues el objeto de la lucha está perdido,
la desolación del nombre que habla en mi nombre cada vez que deniego la estructura
de los sentimientos dislocados por amanecer, el cuidado de grandes peces,
la infancia que irrumpe con las bicicletas en la forma de cristales,
desvergonzada, huye la caída, sustracción inevitable, parezco una computadora elaborando
el reporte general de este error, fatal enumeración de interrupciones, congregación de las condiciones de imposibilidad, la abrupta semejanza de Dios con el derroche incalculable del climaterio, mi destape abierto, una especie de juntura entre las costillas y la instalación
de los objetos como presuntos espasmos conceptuales, arribo esencial de la tristeza
al helipuerto del Espíritu,
como una batalla revisada un millar de veces en la que el héroe
canta con su voz atiplada hasta que provoca la inversión cualitativa de la tranquilidad,
sopesar los gramos delicados y la desventura, el exilio comercial, la fantasía destrincada,
histérica en lo planario de los jueces que apuestan por el desfalco de todos sus gajos traidores, suministro infinito con la lentitud de los gotarios,
concluír, entonces,
como en esos sueños terribles en que un líquido verde se desliza por debajo de la puerta, que se sabe,
sin haber mirado:
alguien siempre quiere matarnos
del otro lado
."

3 comentarios:

Atisbos dijo...

Sé que algún día me caeré de la bicicleta

la lengua no pertenece dijo...

"Dijimos en el primer tomo que todo periodo histórico está sumergido en una determinada iluminación diurna o nocturna; este mundo tiene por primera vez una iluminación artificial: es la luz de gas, que brillaba ya en Londres cuando la estrella de Napoleón empezaba a declinar, que entró a París casi al mismo tiempo que los Borbones, y que, en lentos y tímidos avances, acabó por conquistar todas las calles y establecimientos públicos. En 1840 lucía por doquier, incluso en Viena. En esta luz pura y turbia, nítida y trémula, prosaica y fantasmal, se mueven los mercachifles como gordos y atareados insectos".

.............Egon Friedell, 'Historia de la cultura contemporánea', Munich, 1931.

la lengua no pertenece dijo...

Cuando pude bailar no lo hice/ ahora ya no podré/ no importa si me llega el sol/ con tal que le llegue a los brotes/ de mis maceteros/ todo estará muy bien/ No puedo odiarla/ ni tampoco amarla/ estoy tan lejos de las montañas/ el sol no se olvida de mí/ no importa si me llega/ con tal que le llegue a los brotes/ de mis maceteros/ todo estará muy bien