lunes, 12 de octubre de 2009

Amanecer finlandés.

Tomo la diferencia peirceana entre el buen hábito y el mal hábito. A veces este pensamiento es como un autito color rojo con un triangulo amarillo mal pegado y cuyas ruedas se unen en pares por un alambre nunca resistente al segundo impulso. Pero la mala memoria. La mano gigante del niño es el cuerpo que se sustrae, el cuerpo que no es mío ni suyo, el cuerpo de dos nombres. La muerte, fanática en los cuerpos lógicos de la glosodinia, abraza las malas premisas. Abducir cuentatrás que ya he caído bajo los naranjos. La actitud extravagante, el recurso absurdo al ocultamiento sabanal. Las luces podrían apagarse, pero lo que queda de grande fuera de mí adopta la senescencia como el fármaco genuino de las conducciones oníricas. Yo quedé pegado. Nunca dije nada. Me quedé dormido cuando nací y desperté bebiendo de los senos muertos de lo clandestino. Hoy nadie me dará un abrazo, ni daré alguno tampoco. Los autos podrán ser lanzados contra las murallas, el niño podrá llorar y pedir nuevos juguetes; la Muerte podrá cocinar algo rápido y salir atrasada al trabajo; pero yo y la pesadilla estaremos demasiado cansados como para seguir tanto ritmo y miraremos la tele muy mal echados en el sillón, olvidando que hay pájaros que ya no cantaron.

2 comentarios:

la lengua no pertenece dijo...

"el sentido lo da la bondad, no la muerte"(E.L.), es decir, la infinititis

Atisbos dijo...

Así como hay labios que ya no se besaron