A nada le he temido más -en el hombre- que a la falta de entendimiento; esa desaparición suya, niño perdido o huérfano de todo mi desorden. ¿Quién es el autor de este sabotaje? ¿Quién ladea, urde, el despropósito de todo este infinito, detenido y electrocutado ya por la mano del Otro que se levanta contra mí como contra una sospecha inacabada y letal, y ante la cual no cabe sino protegerse cerrando las compuertas, quitando la ciudadanía o ese pasaporte, a mi querida voz universal? Como si el discurso amoroso realizara una sugerente reducción de personal, o como si la apatía de principios me exigiera una paga de piso, heme aquí, en este atolladero de no restaurar el Bien y con la mente callosa. Pero es que cuando por entendimiento se representa no tanto aquél que se ha de tener con un comerciante a la hora de transar y de entenderse, ni tampoco aquél que se ha de llevar a cabo con un odontólogo una vez que éste expone discursivamente todos los procedimientos para llevar a cabo la crueldad mermante y entonces, claro, se le pregunta al desdichado si acaso nos estamos entendiendo, sino más bien a la facultad de exponer un concepto y demostrarlo (ostendere, exhibere), entonces el estado de cosas atañe ya a la posibilidad de un caos cualitativo irremediable (en cuanto a lo fenoménico) e incluso a una causalidad incapaz de remontar hasta el grado en el que la razón ha prescrito su regla (en cuanto a lo nouménico). Esta falta de entendimiento se expresa ya como una idea estética desenfrenada y ampliada -con sus respectivas pretensiones de causalidad- hasta el ámbito de los objetos de aprehensión, adscribiendo, esta vez, una comprehensión infantilmente peligrosa. El entendimiento es sacrificado en su casa, acorralado por la imaginación que instaura un nuevo orden de libertades jamás prevista para la naturaleza: estamos frente al delirio incapaz de demencia (es decir, la facultad de exponer ideas estéticas con un concepto de la razón trastornada). Este injerto entre una enfermedad y la falta de otra, es popular por la manera espectacular de permanecer intratable. Aquí el delirante se vuelve indiferente a las sensaciones externas. El enfermo es presa del más burdo desatino. Y como el Coloso dice: La desesperación es el desatino transitorio de alguien que ha perdido las esperanzas. Tenemos, entonces, al desesperado permanente, recalcitrante, en un sentido restringido. Podrá volver a su vida normal, conocerá muy bien a muchas personas, tendrá nuevos amores, recibirá siempre un nuevo beso y la escabullida teatral de todo mi gesto; se abalanzará por vivificantes abrazos que ya no podrán ser los míos, contemplará la naturaleza y se maravillará de su belleza con una moralidad mezquina en su interior y evitará palabras como "culpa", "comprometer", "permiso", "responsabilidad", "quehacer", "abandonar", "permitir", "conmemorar", "duelo", "viuda", e incluso expresiones tales como "despejar la X", "donar órganos", "levantar la antinomia", "descansar en ti, todo mi funeral". Podrá hacer todo eso, lucir la vida incluso, o detallar la muerte, pero no podrá, jamás, actuar o movilizarse (ese gesto arruinado del trabajo) sobre aquello que le ha desesperado. A este tipo de hombres les es imposible, por tanto, perdonar. No poder actuar sobre lo ocurrido, velar por la falta de entendimiento, cortar la voz universal muerta del Otro que alguna vez fue Otro y no simplemente el archivador del destierro. El entendimiento existe, en algún lugar de su recóndita cabeza, pero la pasión que acompaña a este trastorno (y no el trastorno mismo) lo relega al ámbito de la sensibilidad; no es más legislador y proveedor, sino legislado y asimilado. La sensibilidad le haría compañía, infundiría alguna fuerza, pero como hemos dicho, el imperdonante desconoce la sensibilidad de suyo, la reemplaza por el ajetreo dislocado de una razón afectada que es capaz de pasar por prístina no sólo ante sus ojos, sino ante los de los demás. Aquí opera el angustiante factor de la confianza que se les suele tener. Nadie descreerá su discurso, antes bien será tomado con avidez sólo por su fuerza que es la fuerza de los efectos. El asunto es aún más terrorífico cuando además se atisba en la persona un arrebato tempestuoso que la convierte en un loco furioso. Y el loco furioso, en la medida en que desatina, está enajenado. Así, la pasión unida al desatino (el desapego con las sensaciones externas) agravan el trato y lo vuelven insoportable. El tiempo detendría el curso de esta hipocondría, pero a esas alturas, tal como esperamos, habremos ya cancelado nuestro contrato con Dios y toda la divinidad que le persigue. Aquél que alguna vez ha provocado este disturbio en otro, es decir, yo, se convierte para el imperdonante en algo tan despreciable como el roce del aire en un ejercicio introductorio a la física.